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MICHEL HOUELLEBECQ: ¿EL ÚLTIMO ROMÁNTICO?

Supongo que quien lea este artículo se sorprenderá, ya que no es usual hablar de un escritor en un blog de cine, pero el hecho de ser el único escritor del que he devorado con avidez toda su obra, o mejor dicho, sus cuatro novelas publicadas hasta la fecha (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma y La posibilidad de una isla), junto con el hecho de que tres de ellas hayan sido adaptadas al celuloide creo que legitiman la presencia de un pequeño artículo sobre este escritor y pensador en este, mi humilde blog. Más aún teniendo en cuenta que en la última adaptación de uno de sus textos, La posibilidad de una isla, ha sido precisamente él quien se ha puesto detrás de las cámaras.


De todos modos, a pesar de su evidente y bastante estrecha relación con el cine no voy a hablar, al menos no en este artículo, de esas películas. En primer lugar porque no he visto ninguna de ellas. Y en segundo lugar porque creo que una visión general sobre su obra escrita puede resultar interesante para un posterior análisis de los filmes el día que me decida a verlos. De todos modos, como ya he dicho, no voy a centrarme en sus obras en particular, sino en su obra en general. Es decir, en él como autor y sobre todo como filósofo, ya que más allá de cualquier otro aspecto, lo que debe trascender del papel a la pantalla son sus ideas y visión del mundo, conservando en la medida de lo posible el tono ácido y mordaz de sus escritos.

Vamos pues, a intentar desenmarañar mi opinión y leve análisis sobre Houellebecq.

Lo primero que voy a intentar dejar claro es mi postura respecto al autor, porque me he dado cuenta que difiere en su esencia de la opinión general. Ya que mientras la mayoría lo tachan de nihilista y provocador, e incluso en algunos casos he llegado a leer gente que le califica como hedonista, lo cierto es que yo no puedo evitar verlo, por encima de cualquier otro concepto, como un romántico.

De hecho en la práctica totalidad de sus obras establece un binomio rígido y fuerte entre el amor y la felicidad, y es de la fuerza de este binomio, junto con su aguda visión del mundo y su facilidad para describir con absoluta precisión mientras indaga en los recovecos de la naturaleza humana lo que convierte a Houellebecq en un autor de referencia.

Dicho esto el siguiente paso a recalcar es que si bien términos como nihilista y provocador encajan bastante bien con su obra, el termino hedonista se sitúa prácticamente a las antípodas de su pensamiento. Ya que a pesar de la continua alusión al placer y el sexo, unidos a sus meticulosas descripciones de las distintas prácticas, uno de los motivos por el que le han colgado el cartel de provocador además de su manifiesta repulsa al Islam que le han hecho ganar además el apelativo de racista, lo que queda claro en sus obras es que sus protagonistas sólo acceden a la felicidad cuando el placer va de la mano del amor, y mientras que la felicidad de sus protagonistas se extiende más allá de las relaciones sexuales cuando disfrutan del amor, el placer sexual despojado de amor se convierte en un mero desahogo, o en el mejor de los casos, un breve instante de felicidad efímera.

El nihilismo en su obra aparece como consecuencia de la dificultad que encuentra el ser humano para acceder al amor auténtico y correspondido y los múltiples matices de esa búsqueda, pasando por todas sus fases: el enamoramiento, el amor correspondido, el miedo a la perdida, el rechazo y el desamor. Y contextos: raciales, de edad, de diferencia de inteligencia y belleza. Matices que Houellebecq aprovecha para plasmar todo el desencanto y falta de esperanza en la sociedad occidental.

Emulando las palabras de Xavier Lloveras que se encuentran en las contraportadas de todas sus novelas: “Por favor, lean a Houellebeqc”. Y es que posiblemente estemos ante la oportunidad de leer al último romántico con algo nuevo que decir.

Antes de dar por terminado el artículo supongo que merece la pena hacer una pequeña reseña a sus novelas:

Ampliación del campo de batalla: Ideal para iniciarse con el francés. Breve, accesible y a la vez amplía. Logra dar una idea bastante precisa del pensamiento del autor que luego desarrollará con mayor profundidad en el resto de obras.

Las partículas elementales: Unánimemente considerada su mejor obra, pero posiblemente también la más densa y compleja, se deja leer con facilidad y resulta realmente interesante, pero a pesar de su tono ameno es la más difícil y dispersa. De todos modos una lectura obligada se esté de acuerdo o no con el autor.

Plataforma: Con el turismo sexual como eje principal, posiblemente esta sea su obra más amena y entretenida, toca temas delicados con naturalidad y a su vez nos ofrece la que en mi opinión es la mejor trama de todas sus novelas. No deja el poso de las Partículas elementales, y no juega con el factor sorpresa de Ampliación del campo de batalla, pero posiblemente sea su obra más equilibrada.

La posibilidad de una isla: Siendo claros y honestos, no se acerca al nivel de las otras tres, de largo la más incoherente y endeble de sus obras. Su estilo sigue allí, lo que la convierte, junto con el tema que trata (la tecnología y la inmortalidad), en una obra más interesante que la mayoría de libros que te puedes encontrar en el mercado, pero a pesar de esto, totalmente prescindible.

En definitiva, un resumen breve para vagos, por calidad el orden sería:

1.Las partículas elementales.
2. Plataforma.
3.Ampliación del campo de batalla.
4.La posibilidad de una isla.

Pero el orden de lectura que yo recomendaría:

1.Ampliación del campo de batalla.
2.Plataforma.
3.Las partículas elementales.
4. La posibilidad de una isla.

Con esto doy por cerrado este pequeño artículo, sólo añadir que espero que el contrapunto cinéfilo a este artículo no sea para manifestar una absoluta decepción.

La trilogía del despertar: Dark City, Matrix y Nivel 13.

Todos sabemos que la industria del cine funciona por dinámicas, lo que gusta se copia, y lo que funciona se plagia. Lo que importa es ganar dinero y para eso se debe saber que es lo que vende en cada momento y llegar a tiempo para coger tu pedacito de pastel.

Cuando se pusieron de moda las películas de catástrofes naturales no tardaron en proliferar producciones de cada vez peor calidad. “Un pueblo llamado Dante’s Peak” y “Twister” abrieron la veda. Pronto les seguirían “Volcano” y una retahíla de producciones para televisión de calidad aún más dudosa hasta que poco después se diese otra vuelta de tuerca al género y apareció el subgénero donde la amenaza era exterior y cuyos máximos exponentes fueron “Armageddon” y “Deep Impact”, lanzadas a bombo y platillo como grandes producciones para la pantalla grande y obviamente ambas de productoras rivales como son Paramount y Touchstone, filial de Disney.

Este patrón se había visto repetido y se repetiría hasta la saciedad antes y después, pues este sólo es un ejemplo puntual y muchos otros hubiese podido señalar y hubiesen resultado igual de ilustrativos. Como fueron las películas de cine de terror adolescente y serial killers, donde Scream fue la que lanzó el género y pronto la siguieran secuelas y plagios diversos. O como es el caso que estamos sufriendo actualmente, y que no es otro que la fiebre de las aventuras fantásticas. Género que renació con “El señor de los anillos”, pero cuya auténtica punta de lanza fue “Harry Potter” que dirigió el género hacia un público insaciable como es el infantil y preadolescente. De modo que no tardaron en llegar: “Las crónicas de Narnia”, “La brújula dorada”, “Las crónicas de Spiderwick”… y las que quedan, ya sea en forma de secuelas o nuevas sagas.

Pero este sistema de dinámicas, de plagio encubierto y de lo que se podría señalar como incapacidad para generar ideas nuevas y atractivas al ritmo que la industria exige terminó produciendo, de forma involuntaria, una curiosa trilogía cuyos tres componentes tienen su atractivo y representan una forma diferente y concreta de hacer cine, tanto por finalidad como por presupuesto. Es lo que yo he bautizado como: La trilogía del despertar.

Esta trilogía estaría compuesta, ordenadas en orden cronológico, por: “Dark City (1998)”, “Matrix (1999)” y “Nivel 13 (1999)”.

Como ya he dicho las tres representan una manera diferente de entender la industria del cine, representantes de diferentes sectores.

“Dark City” es hija de una productora de cine dirigida a un público amplio, pero vinculada al cine independiente como es New Line Cinema. “Matrix” nace como gran producción de uno de los monstruos del sector como es la Warner. Mientras que “Nivel 13” es la respuesta de una pequeña productora como es Centropolis Entertaintment que básicamente se dedica a hacer películas de bajo presupuesto (más allá de las que dirige el propio Emmerich) para aprovechar el tirón de determinadas ideas y sacar films que muchas veces están destinados a llegar directamente al videoclub o la pequeña pantalla.

Como se puede ver, las tres películas componen una trilogía casi coetánea, aunque antes de seguir quizá sería necesario aclarar el porqué las considero una trilogía y el porqué de su nombre, “La trilogía del despertar”.

Componen una trilogía porque las tres cimientan su argumento en que su protagonista descubre que la realidad en la que vive no es más que un espejismo, un elemento artificial por debajo de lo que es la auténtica realidad y que abren un debate filosófico sobre qué es lo que se puede considerar realidad. De modo que observando su argumento me pareció que despertar era un nombre adecuado para unas películas donde sus protagonistas, en cierto modo, despiertan del sueño en que habían estado sumidos sin ser conscientes de ello.

“Dark City” fue la primera, cumple con los cánones del cine independiente cuando éste cuenta con un presupuesto algo más generoso de al que está acostumbrado, contando con actores conocidos, pero no de primera línea como eran ese momento Jennifer Connelly y Kiefer Sutherland y haciendo gala de una cuidada historia y desarrollo, de este modo me atrevería a decir que su atmosfera es la más cuidada, oscura y oprimente. Una atmosfera donde la estética retrofuturista a lo años treinta le sienta de maravilla. La película que dentro de la sencillez de su historia ofrece la trama más profunda, con un toque ligeramente romántico y sobre todo la más original y sugestiva, ya que además de plantear al espectador el tema de la dualidad existente entre la realidad y percepción también le invita a reflexionar sobre aspectos como la necesidad de adaptarse, el instinto de supervivencia, tanto a nivel individual como cuando se trata de toda una especie y como ese fin puede llegar a justificar el medio. Temas que también acaricia “Matrix”, pero como parte de un fondo demasiado diluido.

“Dark City” sin embargo, a pesar de sus virtudes, también adolece de los defectos propios de los presupuestos ajustados y que en este proyecto se hacen evidentes cuando se necesita algo más que efectos especiales de factura artesanal para conducir la historia, pero a pesar de estos pequeños defectos de factura técnica, en mi opinión “Dark City” es la película más interesante de las que conforman esta particular trilogía.

La siguiente entrega, “Matrix”, sin duda alguna es la más conocida, y si bien en lo que respecta a su línea argumental no veo descabellado afirmar que no aporta absolutamente nada al discurso de “Dark City” más allá de un cambio de enfoque, no sería justo despreciar muchos aspectos por los que “Matrix” representó un pequeño hito en la historia del cine y una pequeña revolución en su momento en lo que se refiere al despliegue técnico y las innovaciones visuales. “Matrix” ofreció los mejores efectos creados por ordenador hasta la fecha y innovaciones que crearon escuela como el bullet time. Si a todo esto se le suma el buen hacer de los hermanos Wachowsky detrás de la cámara siendo capaces de imprimir al film un muy buen ritmo podemos decir que “Matrix” es el producto mejor acabado y más entretenido de los tres, pero en mi opinión carece del encanto y capacidad de sugestión de “Dark City” debido a sus continuas concesiones al cine más comercial y dejes propios del cine más palomitero.

Finalmente nos encontramos con “Nivel 13”. Una película que no duda en plagiar, diría que deliberadamente, lo mejor de ambos productos, dando como resultado una película con una estética y ambientación muy buena, un ritmo sostenido y entretenido, pero cuya historia deja ver muy a las claras la naturaleza del film, siendo de largo la menos profunda, la más tramposa y cuyo argumento resulta más facilón.

No obstante se deja ver con interés, entretiene y termina resultando un muy buen complemento a las otras dos producciones, a pesar de jugar claramente en otra división muy inferior, la de los refritos.

En definitiva, una trilogía que nació fruto de la casualidad, hija de los vicios de la propia industria y que realmente resulta muy interesante, ya que además de ser tres productos de cierta calidad (unos mejores que otros) ilustran muy bien tres estratos de la industria del cine norteamericano y demuestra que en raras y muy puntuales ocasiones pueden llegar a complementarse muy bien.

Blade Runner vs 2001: Una odisea en el espacio.

Después de tiempo sin actualizar el blog sin ningún artículo ni nada especialmente trabajado más allá de alguna crítica más afortunada que otra me he decidido a escribir otro pequeño artículo.

Esta vez irá dedicado a las que posiblemente son las dos películas de ciencia ficción más influyentes de la historia del cine. Una, como ya he dejado claro hasta la saciedad, es mi película favorita, la otra es la película que me ha dejado peor sabor de boca del que posiblemente sea mi director preferido.

Decir que este pequeño análisis también servirá para dejar mi visión particular a la hora de analizar películas y arte en general, para dejar más o menos claro por lo que me guio y el porqué del desprecio, o más bien falta de aprecio, hacia ciertas obras consideradas unánimemente como obras cumbre en la historia del cine.

Para empezar diré que me considero una persona pragmática, y como tal aplico esta visión a todo lo que me rodea, incluido el arte, de modo que cuando estoy delante de una obra de arte lo primero que intento asimilar es lo que me quería decir el autor, lo siguiente es como me lo dice, las herramientas que ha usado y si esa manera de decírmelo es la más sencilla posible.

Para ilustrar un poco esta manera de pensar voy a poner un ejemplo real, un ejemplo técnico que se produjo durante la carrera espacial que disputaban los Estados Unidos y la Unión Soviética y uno de los múltiples problemas que tuvieron que solucionar hacia la conquista del espacio. Un problema relativamente sencillo, escribir en ausencia de gravedad.
Estados Unidos observó que un bolígrafo en esas condiciones no escribía, ¿qué hicieron ante esa situación?

Pues invirtieron tiempo y dinero en el diseño y construcción de un bolígrafo capaz de escribir en esas condiciones. El proyecto fue costoso, complicado, una virguería tecnológica. Ese pequeño instrumento que en la tierra se puede encontrar por precios irrisorios terminó significando una inversión de millones de dólares para adaptarlo al espacio.

¿Sabéis como lo solucionaron los soviéticos?

Pues decidieron escribir con lápiz.

Llegados a este punto llega el momento de establecer el paralelismo con esas películas, ya que si estoy escribiendo es precisamente para hablar de cine.

Para mí 2001: Una odisea en el espacio es como ese bolígrafo. Un montón de tiempo y de recursos desperdiciados. Una virguería, una genialidad, algo realmente complicado y meritorio, pero en el fondo total y absolutamente superfluo y prescindible.

En cambio Blade Runner sería como la simple idea de escoger el lápiz. Apoyarse en opciones ya existentes. Opciones que resultan más sencillas y económicas, que se sabe que funcionan, y aprovechar esas herramientas para hacer algo que se sitúa en otra esfera, a otro nivel.

Blade Runner es cierto que es más convencional, quizá menos rompedora si nos centramos en los estrictamente formal, pero que consigue partiendo de algo conocido por todos hacer una obra que se sitúa en trasfondo e importancia en la historia del cine al nivel, y en mi opinión por encima, de una obra de la complicación e innovación de 2001: Una odisea en el espacio.

Cada cual tendrá su visión y su manera de analizar y ponderar los diferentes aspectos de una obra de arte, pero sintiéndolo mucho, encontrándome ante estos dilemas siempre escogeré el lápiz.